SANTOS: CON CARA GANA Y CON SELLO PERDEMOS

14.07.2016 11:18

Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos, todo el tiempo: Abraham Lincoln… Y jamás a nuestra conciencia, podríamos agregar.

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JAIME ARAUJO RENTERÍA

Edición: Octavio Quintero/El Satélite

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Nos quieren engañar quienes afirman que votar afirmativamente el plebiscito, no es votar por Santos; y nos quieren engañar doblemente cuando afirman que si el Presidente pierde el plebiscito, no tiene que irse del gobierno. Jurídica y éticamente el plebiscito es votar por el Presidente. Así lo establece la ley: “El plebiscito es el pronunciamiento del pueblo convocado por el Presidente de la República, mediante el cual apoya o rechaza una determinada decisión del Ejecutivo” (Art. 7, ley 134 de 1994).
 
Aun aceptando la premisa de que ninguna obra humana es perfecta, también es cierto que existen obras humanas más imperfectas unas que otras; y es verdad que la paz que nos propone Santos, es excesivamente imperfecta. El derecho a la paz, que ya tenemos los colombianos en el artículo 22 de la constitución política, no es un regalo del gobierno Santos ni de la Farc; y es un derecho mucho más amplio que la cesación parcial de un conflicto armado del que se sustraen importantes actores de violencia como el ELN y lo que queda del EPL, así como disidencias de las mismas Farc que han ido destapando sus cartas.
 
El derecho a la paz tiene una connotación positiva y una negativa. La negativa tiene doble dimensión: 1).- La falta de violencia física y, 2).- La ausencia de violencia social y económica en las relaciones sociales. Por su parte, la connotación positiva de la paz, implica que se le considera no sólo como la ausencia de violencia, sino además como una cuestión de desarrollo, una forma de cooperación no violenta, igualitaria, no explotadora, no represiva entre personas, pueblos y estados, y modernamente se considera que no es posible estar en paz si no existe el respeto y realización plena de los derechos civiles, políticos,  económicos, sociales, culturales y de solidaridad.
 
Como en las negociaciones de La Habana falta la segunda parte de la dimensión negativa (La ausencia de violencia social y económica en las relaciones sociales), y toda la dimensión positiva del derecho a la paz, se puede concluir que lo que se negocia con las Farc, es la cesación parcial de un conflicto armado,  y no la paz.
 
Así, quienes voten afirmativamente el plebiscito, van a votar por esta paz a medias, excesivamente imperfecta, con violencia social, política y económica sobre el pueblo colombiano; sin desarrollo y sin ampliación de los derechos civiles, económicos, sociales y culturales de los más pobres. Van a votar al mismo tiempo por la continuación de un régimen que atenta contra los derechos del pueblo; por su guerra social y económica contra el pueblo. Y, aunque quieran engañarnos, negándolo, votan por sus cuatro locomotoras,  incluida la minera, que ha arrasado con los derechos de los indígenas, de los afrodescendientes y de los campesinos colombianos; que ha contaminado su tierra, su aire y sus aguas. Votan también por un Santos responsable, por omisión, de los falsos positivos, ya que él pudo derogar la norma del ministro anterior que los legalizaba y,  sin embargo, no lo hizo; y a la luz del artículo 6 de nuestra constitución, los servidores públicos, y el ministro de defensa lo era, son responsables por omisión en el ejercicio de sus funciones.
 
Sobre este tema, no sirve de justificación ni siquiera la excusa de que no lo sabía, pues, no se podía ser ministro de defensa sin conocer las normas que legalizaban el genocidio de los falsos positivos, y sin derogarlas o renunciar, si fue que el presidente Uribe no quiso derogarlas en su momento.
 
Sobre el particular, viene bien recordar el episodio del rey, Luis XVI, cuando quiso salvarse diciendo que no era responsable porque no sabía que se estaban violando los derechos del pueblo francés, excusa rechazada por Saint-Just, su principal juez, quien dijo que no se podía ser Rey sin saber lo que le pasaba al pueblo y sin responder por la violación de sus derechos; porque, quien tenía el poder, era responsable de su ejercicio, o de sus omisiones; y quien tenía más poder, como el Rey, era más responsable, pues, a mayor poder, mayor responsabilidad… Principio que se constituyó, desde la revolución Francesa, en uno de los fundamentos del Estado de derecho, donde no existe ninguna persona o funcionario irresponsable, y donde el que tiene más poder, tiene también más responsabilidad.
 
Perder es perder
Quieren engañarnos también, quienes afirman que el Presidente no tiene que irse si pierde el plebiscito. Como vimos arriba, el plebiscito es un apoyo o rechazo a las decisiones del Ejecutivo y,  en consecuencia, el rechazo a su modelo de paz, excesivamente imperfecta, es un rechazo también al Presidente, un hecho fundamental sobreviniente, que deslegitima su elección anterior; como deslegitimó al general de Gaulle la pérdida del referendo plebiscitario que se inventó; o como se vio obligado a renunciar un dictador como Pinochet, cuando perdió su plebiscito o, más reciente, como los recientes hechos de Inglaterra, el Brexit, que le quitó la legitimidad a su primer ministro David Cameron, para continuar ejerciendo como tal y se vio obligado a renunciar.
 
El caso del presidente Santos es mucho más grave en cuanto que, pudiendo escoger entre un referéndum, una asamblea constituyente y un plebiscito, escogió esta figura, y quien libremente escoge, jurídica y éticamente, es responsable de su decisión. Esperemos que la escogencia de esta figura, no tenga el propósito torticero de eludir la responsabilidad, en el caso en que pierda, para en esa hipótesis, argumentar que quien perdió fue la Farc y no el Presidente; y en caso de ganar, argumentar que nadie más que él, es el mejor garante de los acuerdos de esa paz, argumento parecido al de Uribe, quien aseguraba que su guerra era el mejor medio para lograr la paz en Colombia y que por lo mismo, debía permanecer en el poder, como garantía de que la paz se lograría por medio de la guerra.
 
Lo que resulta paradójico a estas alturas es que por lo visto, el expresidente Uribe se nos ha hecho imprescindible para la paz por medio de la guerra, tanto como se nos viene haciendo imprescindible Santos para la guerra, por medio de una paz excesivamente imperfecta.
 
Ahora que han querido blindar la dictadura civil de Santos acudiendo a las normas de derecho internacional, sería bueno que los negociadores de La Habana, tanto del gobierno como de la Farc, repasarán la más importante de todas las normas: la declaración universal de los Derechos Humanos y, especialmente, su preámbulo, para que entendieran que la verdadera garantía de la paz con justicia social (la menos imperfecta), es la que respeta los derechos humanos, sin lo cual no hay verdadera paz; que no es cierto que el cese al fuego entre el gobierno y las Farc, acabe con la rebelión en Colombia, pues, queda abierta la puerta para la rebelión de otros colombianos que, al seguir siendo atropellados en sus derechos humanos pudieran verse compelidos “al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”, como también dice el Preámbulo de los Derechos Humanos de la ONU.
 
No es el fin del fin
También quieren engañarnos quienes afirman que si el plebiscito es negado, necesariamente gana la guerra y debemos continuarla… Eso no es cierto: aunque se pierda el plebiscito, podemos perseverar en la búsqueda de una paz menos imperfecta, por ejemplo; podríamos tener una paz con asamblea nacional constituyente, con representación de la sociedad civil y de las organizaciones sociales; una paz con más justicia social, donde las comunidades afrodescendientes e indígenas se representen a sí mismas y decidan su propio destino en sus territorios, en vez de que sea decido por la Farc… Una paz menos imperfecta donde se trace una línea que distinga los delitos cometidos entre combatientes, de los delitos que estos combatientes han cometido contra la sociedad civil; donde se respete la diferencia que traza nuestra constitución entre delito político y delito común; una paz, como ésta, que contempla el mismo trato al espíritu altruista de los rebeldes, que al espíritu mercantilista de unos alzados en armas, confesos de haber devenido en mercenarios al servicio del narcotráfico, o, peor aún, de ser cartel ellos mismos del narcotráfico.
 
Quienes defendemos la paz con justicia social, menos imperfecta que la propuesta por Santos y sus epígonos, estamos acostumbrados a que se nos calumnie, denueste y ataque con igual saña desde diferentes posiciones ideológicas: derecha, centro y la izquierda. Afirman nuestros detractores que no entendemos la política; que nuestra posición ética es un obstáculo para la paz y que en el mejor de los casos esa “reflexión moral es abstracta”. ¡Qué importante que estas difamaciones hayan colocado el debate donde debe estar: en el terreno de la ética!
 
Lo primero que debemos recordar es que el hombre es el único ser de la naturaleza que puede realizar acciones morales; que somos seres morales con voluntad libre, y que la obligación moral deriva de la razón. Que en cada acto del hombre (en cada coyuntura política, económica, social, etcétera), debemos preguntarnos: ¿qué debo hacer? ¿Cómo debo obrar?...
 
Como debemos obrar siempre, podría responderse, no importa de qué acción concreta se trate. Si esa acción concreta la realizamos por deber, entonces la acción es un fin en sí misma y éticamente correcta; o, por el contrario, si la acción es un medio para conseguir un fin, es por lo mismo moralmente incorrecta, o en términos políticos, maquiavélica.
 
La primera concepción (que es la de Kant), parte del supuesto de que el principio moral es un principio para todos, es decir, que se puede universalizar; y para todos los actos concretos (coyunturas). La ley moral es un imperativo categórico, y como su nombre lo dice, es un deber que contiene una orden que no admite excepciones, exoneración o dispensa en ningún caso particular, o coyuntura.
 
A la pregunta kantiana sobre cómo debemos obrar, en cada caso y siempre, responde: “Obra sólo según la máxima que al mismo tiempo puedas querer se convierte en una ley universal”. Si la conciencia nos moral dice: no mentirás, no engañarás, no serás corrupto, no matarás, no robarás, defenderás los derechos humanos, siempre serás de izquierda, etcétera; estos mandatos son absolutamente válidos en todas nuestras circunstancias o coyunturas, pues, de otra forma no serían una exigencia moral. Nada gano con decir que yo soy incorruptible, si en cada coyuntura yo me corrompo bajo cualquier pretexto. Tampoco soy honesto cuando critico la corrupción de los demás, pero justifico la de mi familia y allegados cercanos. Por mucho que predique que soy defensor de los derechos humanos, no lo seré si en ciertas circunstancias yo los violo o dejo de defenderlos; seré ladrón, aunque diga que no, si quiero excusar mi robo con la circunstancia de mi pobreza o en el afán de tener mayor riqueza… No seré de izquierda por mucho que lo pregone, si voto por la derecha, así quiera justificarme con la fementida disyuntiva de la paz.
 
Estas reflexiones son igualmente válidas para los otros mandatos de la conciencia moral: no mentirás, no engañarás, etcétera, que deben cumplirse siempre en cada caso particular, en cada circunstancia, sin excepciones ni derogaciones pues, de lo contrario, serán acciones inmorales o antiéticas. Esto es válido para todas las acciones del hombre, incluidas las acciones políticas, como la de votar un plebiscito, que viene a ser el caso que nos ocupa.
 
La posición ética contraria que considera que el hombre puede llamarse incorruptible, y sin embargo dejarse corromper con tal de lograr un fin; o más grave aún, que considera que hay una esfera de la actividad o conducta del hombre –la política, por ejemplo—donde, en ciertas circunstancias, la ética y la moral son obstáculos y por lo mismo deben rechazarse sobre la premisa de que el fin justifica los medios, eso es maquiavelismo. En tal caso, ya no hay imperativos categóricos sino imperativos hipotético-condicionales, ya que las reglas morales no valen absolutamente sino de modo condicional: son buenas y válidas si sirven para conseguir un cierto fin. Y si el fin es el poder y este se puede conseguir por medio del asesinato, la tortura, la violación de los derechos humanos, la mentira, el engaño, la corrupción o el voto por la derecha, todos esos medios valen y están justificados en este escenario del llamado maquiavelismo.
 
Por el contrario, el imperativo categórico en todas las relaciones humanas, considera al hombre como un fin en sí mismo: “Obra de  tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo, y nunca solamente como un medio": Kant. En este otro escenario, el ser humano no tiene precio sino valor que no es intercambiable por otros valores, ni siquiera por el valor de otros hombres.
 
Esto es lo que explica por qué Kant rechaza la tesis de que es posible sacrificar a un hombre para salvar a otro hombre o a muchos otros hombres. Esa cualidad que impide que un hombre pueda ser intercambiado por otro hombre, es lo que se denomina dignidad humana; esa misma cualidad es la que hace que un hombre sea un fin en sí mismo, y que por lo mismo jamás pueda ser considerado como un medio, ya que si se le considera como medio, se le estaría cosificando, dejaría de ser persona para convertirse en cosa y podría ser intercambiable; por ejemplo, se podría intercambiar un hombre por dinero y con esto habríamos regresado al régimen de la esclavitud; o se podría comprar, utilizar y degradar legalmente el cuerpo de una mujer.
 
Kant, estudiando el desacuerdo  que hay entre la moral y la política con respecto a la paz perpetua, y rechazando la tesis de que la política es inmoral, afirma: “La mejor política es la honradez”. Lo correcto es más ético que lo bueno, y la acción ética es más importante que el resultado que se obtenga. Lo que dignifica al hombre es la acción que realiza, y no el resultado que obtiene. El hombre es lo que hace y no lo que dice que es, pues, si dice una cosa y hace otra, en realidad es lo que hace; si digo que soy de izquierda y voto por la derecha, en realidad soy de derecha.
 
Conclusión
Quienes vemos y queremos una paz menos imperfecta, asumimos nuestras responsabilidades sin mentira y sin engaño y podemos decirles a los maquiavélicos, incluido el gobierno, que quieren engañarnos sobre el plebiscito… Podemos decirles que dejen su moral flexible; que a pesar de llamarse demócratas y honestos, corrompen o se dejan corromper una y otra vez, según las circunstancias; que no aceptamos su invitación a formar parte del maquiavelismo; que porque los conocemos,  es por lo que los rechazamos; que porque amamos la paz grande es que rechazamos la guerra de Uribe y “la paz de los sepulcros” de Santos; que el pueblo colombiano puede desligarse de Uribe y de Santos, recuperar y ejercer su soberanía, y abrir un proceso de paz con justicia social, esto es, con más derechos humanos para la sociedad civil; con una verdadera constituyente, con educación y salud para todos, para hacer más dignos a los colombianos; que preferimos continuar en el campo de los principios Kantianos, manteniendo la dignidad del ser humano.
 
Que sepan los ‘enmermelados’ de derecha, centro o “izquierda” que tenemos valores y valor, pero no tenemos precio.
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Jaime Araujo Rentería
Edición El Satélite
(14/07/16)