Llover sobre mojado

29.11.2010 17:54

Nada tan socorrido en el lenguaje popular como la denuncia pública de que estamos acabando con el medio ambiente, haciendo cada día más insostenible la vida sobre la tierra.

Cualquier persona de mediana cultura y de escasa información, podría citarnos de memoria una o dos cosas indebidas que a diario hacemos en contra del medio ambiente. Y seguimos en las mismas, porque el asunto no es de falta de información sino de conciencia del Estado, –que por supuesto tampoco tiene conciencia- que haga cumplir las normas y respetar los recursos que la Naturaleza ha puesto a nuestro alcance para vivir de ellos, sin abusar.

En medio de esta hecatombe invernal que nos diezma, no cabe duda que el único responsable es el Estado por hacer cumplir las normas nacionales e internacionales que en uso de buena razón nos hemos dado, y en abuso de las mismas pretermitimos y desconocemos.

No es que hayan desastres naturales sino que resultan naturales los desastres en razón a decisiones que se toman o se permiten tomar a la ligera en tiempos de paz con la naturaleza sobre las cuales la misma naturaliza, pasa después su cuenta de cobro.

Resulta que las inundaciones en esos barrios populares no se registran por los intensos aguaceros sino porque se autorizaron por debajo de la cota de las corrientes naturales de agua. Y los deslizamientos son fruto de urbanizaciones piratas que se permitieron en zonas de alto riesgo.

Las aguas del Magdalena, el Cauca o el Bogotá no se salen de su cauce, sino que en tiempos de invierno copan toda la vega que les es propia, llevándose cosechas, animales y vidas humanas invasoras de sus riberas.

También las aguas se salen de madre por la sedimentación de los cauces debido a la deforestación y las explotaciones mineras en las cordilleras. Aquí en Tocancipá, por citar un ejemplo que nada de parroquial tiene, aunque parezca, viven unas familias muy tradicionales que se alternan el poder en el municipio y su próximo enfrentamiento político va a ser sobre el eslogan “Yo amo a Tocancipá”, y sin embargo, esas familias son las primeras que directamente, o por terceras personas, están acabando con los cerros tutelares de esta población llevándoselos para Bogotá, como dicen las gentes, en volquetadas de arena.

Y tienen licencia para “matar” a la futura generación. Algún burócrata de Ingeominas, sin siquiera conocer el sitio, puede otorgar permiso provisional de explotación a la ‘guachapanda’, mientras sale la licencia que, por supuesto, nunca llega porque de lo que se trata es de que la informalidad que no paga impuestos ni contribuciones pero que paga bien la corrupción, se eternice.

Un analista ecológico que sostiene permanente correspondencia con El Satélite, siempre remata con esta frase sus columnas, que ahora con su venia hacemos nuestra:

"Sólo después de que el último árbol sea cortado; sólo después de que el último río sea  contaminado, sólo después de que se pesque el último pez, sólo entonces descubrirás que el dinero no se puede comer".