EL PROBLEMA NO ES MARTINEZ NEIRA

21.11.2018 09:33

En un país de cafres, 

se busca al impoluto

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aquella perrilla, sí,

cosa es de volverse loco,

no pudo coger tampoco

al maldito jabalí.

JM Marroquín

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Editorial REDGES

Octavio Quintero

Director

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Cuando el país se debatía políticamente en la campaña presidencial de 1986, una afortunada pregunta del expresidente López Michelsen, empujo a la cima al candidato liberal: “Si no es Barco, ¿quién?”.

Y en 1992, en el plano internacional, nos queda en la memoria la famosa frase utilizada en la campaña electoral de Clinton, “Es la economía, estúpido”, que también inclinó la balanza en su favor.

Son frases muy socorridas en el argot editorial y de columnistas nacionales que, en esta crisis que sacude al fiscal Néstor Humberto Martínez (NHM), se pudieran parafrasear indistintamente: “Si no es NHM, ¿quién?” o, “Es el país, estúpido”.

En efecto, ahora liderados por el propio procurador, Fernando Carrillo, el séquito de políticos y columnistas que pide la cabeza de NHM desde el momento mismo de su elección (en complot, según él), pasan por exigir su renuncia hasta clamar por la designación de un fiscal ad hoc para el caso Odebrecht.

Llama la atención la propuesta del procurador Carrillo, básicamente consistente en montar, no un fiscal ad hoc sino una Fiscalía ad hoc, algo parecido a la JEP (Justicia Especial para la Paz) que se montó para ocuparse de los delitos cometidos por los miembros del Estado y las Farc, en la guerra de 50 años que ahora reconocemos, sin reservas.

La pregunta, “Si no es NHM, ¿quién?”, nos lleva a indagar por la historia de los fiscales, desde Gustavo de Greiff (1992-1994), primer fiscal general, en adelante, y cualquiera que se tome el trabajo encontrará que todos, absolutamente todos, han tenido su escándalo propio; escándalos que se anticiparon en los medios de comunicación desde la misma conformación de la terna por el Presidente de turno y hasta en la plenaria del Senado, donde se dio la elección. Si no se quiere repasar el archivo mediático, baste con recordar los dos últimos: Eduardo Montealegre y Néstor Humberto Martínez. Y no es solo el caso de los fiscales, valga el paréntesis… Son, para circunscribirnos apenas al área de las instituciones de control y vigilancia, todos los candidatos a contralor y procurador. Acaba de pasar la elección del contralor, Carlos Felipe Córdoba con su respectivo escándalo, y en antes, fue la de Carrillo, también tachado, en lo menos, de inhabilitado.

Si todos los fiscales generales que han pasado por la Fiscalía han arrastrado su propio escándalo, entonces, ¿dónde buscar el ad hoc que nos ofrezca la prístina garantía que ahora exigimos en el caso Odebrecht? ¿Y, por qué solo Odebrecht?, ¿es que todas las demás investigaciones a cargo de la Fiscalía marchan sobre ruedas? UMMM…

La misma crisis que acapara nuestra atención ahora, ayer, nada más, era sobre su antecesor, LE. Montealegre; y antes fue sobre el mismo Presidente Santos en torno a la pureza de su elección y reelección (2010 – 2014), y más antes fue sobre el Presidente Uribe en el 2002 y el 2006, y más atrás sobre, E. Samper (el Proceso 8.000), y así sucesivamente, para no convertir este editorial en historia patria, sin olvidar los escándalos recientes sobre las altas cortes (el “Cartel de la toga”, p.ej.), hacen que, las preguntas que se formulan atrás, adquieren pertinencia:

1. Si no es Néstor Humberto Martínez, ¿quién? Si todos los que han sido, han arrastrado su propio escándalo, dónde está el impoluto, ¿y por qué no lo hemos encontrado antes?

2. Esta segunda pregunta, parece centrar el interrogante en, es el país, estúpido…

Pero, no. El país, como amalgama institucional, no ha colapsado. Cualquiera que lea y relea, una y otra vez, la constitución del 91, encuentra en ella el diseño de un país ideal, casi utópico. Si repasamos el diseño de la Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría; o los diseños de las altas cortes y los ministerios, nos encontramos con arquitecturas administrativas casi perfectas… ¿Y, por qué no funcionan? La lógica parece llevarnos a una dramática respuesta: es la clase dirigente, la misma que llevó hace 70 años (por lo menos) al Maestro Echandía a definir a Colombia como “un país de cafres”, gente de baja capacidad intelectual o, simplemente, delincuentes, mismos que, al decir de Fabio Valencia Cossio en la posesión de A. Pastrana (1998), “O cambiamos o nos cambian” … Ni cambiaron ni los hemos cambiado. Así de simple.

Más allá de NHM vendrá otro fiscal, ad hoc o en propiedad, con su escándalo propio; seguirán viniendo presidentes, magistrados, ministros, gerentes, diplomáticos; gobernadores y alcaldes corrompidos, porque lo que está corrompida es la clase dirigente, digamos que, en gracia de discusión, el 1% de la población. Más allá de esta mínima proporción, hay 36 millones de colombianos potencialmente aptos para votar, que no ejercen, por lo que sea, pero no ejercen el poder constituyente, y por eso, precisamente por eso, es que estamos como estamos.

De vez en cuando cae un bribón y celebramos el acontecimiento como si el ave fénix hubiera levantado vuelo eterno en torno a nuestra parábola como Nación. Pero, no, al caer la tarde, tenemos que volver a Bertolt Brecht y su poema al final de la película “La Cruz de hierro”, que varias veces he recordado antes…

“Al fin ha muerto el bastardo, pero no os alegréis con su derrota porque la perra que lo parió, nuevamente está en celo”.

 

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